Recordar a esa mujer que de alguna manera estará en todas las ciudades

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Al final tuve que hacerlo. Llevaba un par de años preparándome para dejarlas ir, a Inés y Adrianne. Sabía que tendríamos que separarnos en algún momento y lo habíamos hablado, ellas y yo, pero aún así, fue difícil eso de despedirnos. Creo que se emocionaron tanto como yo. Las senté frente a mí y pude verme reflejada en ambas, eran mis voces, mis miedos y mis movimientos. Y en sus gestos de timidez o curiosidad cuando miraban a un lado y otro de la habitación, estaba yo.

¿Cuándo había sucedido? ¿Por qué? ¿Cómo?

Una vez, atravesando el puente de Triana, al ver la ciudad dibujada sobre el río en plena noche me crucé con alguien y pensé que tenía dos mujeres en mi cabeza destinadas a encontrarse y hacer algo. No sabía muy bien el qué. ¿Correr, huir, amar, reír, mentir, saltar? No tenía ni idea. Pero había dos personajes perfectamente trazados que querían coincidir y contemplarse.

Así nació Inés es todas las ciudades. Y empecé a engendrar una historia de búsquedas, viajes, sueños y cosquillas en el pelo, con todo mi amor y paciencia. Un cuento de mujeres, exento de todo estereotipo y prejuicio.

La historia crecía en mi vientre, como se gestan los niños, y revolucionaba mi lenguaje y mis maneras. Y Adrianne fue la pasión y la inocencia de los veinte años, Inés la contención, la belleza y el amor de los treinta, Óscar el miedo y la inseguridad que nos vuelve a veces vulnerables, locos y mezquinos, y el señor Marchant la prudencia y la protección de los que no saben amarnos libres y salvajes. Con estos cuatro personajes y algunos escenarios sureños y románticos, monté una historia, abrí el telón ansiosa y expectante, y los dejé crecer, temer, besar y decir lo que quisieran. Porque a los personajes hay que dejarles volar y hacer un poco a su antojo.

“Inés es todas las ciudades” empieza con una búsqueda y la fascinación que todos podemos sentir cuando conocemos a alguien a través de las palabras de otros. Habla también de ausencias y renuncias, de placeres cotidianos, de las playas de Cádiz, de mujeres que se piensan y sonríen, de Sevilla, de pérdidas, miedos, besos y amor del que crece como un monstruo alucinante en las entrañas.

Os invito a conocer a Inés que hila con ternura una trama, la suya, la que esconde detrás de su mirada verde y sus manos en el regazo. Y os animo a recordar a esa mujer que estará siempre, de algún modo, en todas las ciudades.

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