El largo camino hasta Verdún

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Era una tarde oscura, con el cielo cubierto de nubes negras y un silencio absoluto en la verde campiña. Allí estaba yo, montado en un autobús que recorría la famosa ‘voie sacrée’ en dirección a Verdún. Aquella era la última etapa, tal vez la más importante, sin duda la más desgarradora, de un viaje que había comenzado dos años atrás, en agosto de 2010.

Siempre había estado interesado por la historia militar, pero en aquel mes leí acerca de una batalla que ya conocía, aunque superficialmente. Por alguna razón, y debo reconocer que no podría explicarla con claridad, una multitud de ideas se agolparon en mi mente en el momento en el que mis ojos se posaron sobre una palabra: Verdún. En los días siguientes, con más calma, me esforcé por poner un orden a la tormenta que invadía mi cabeza. Logré, poco a poco, que aquellos pensamientos fueran tomando cuerpo, que con ellos se fuera creando una historia que sirviera de nexo de unión para todos ellos.

Todavía recuerdo como si fuera ayer un gélido día de octubre de 2010 cuando comencé a reflejar en papel lo que ya tenía en mente. Podría describir el lugar, la luz, los sentimientos ante aquel nuevo reto. No sabía si en esta ocasión podría llegar a concluir la historia o quedaría, como en tantas otras ocasiones, como un simple proyecto inacabado. Lo que sí que sabía, era plenamente consciente de ello, es que aquel tema había conseguido obsesionarme en muy poco tiempo. La acción que se desarrolla en la obra me perseguía a todas partes, estaba siempre presente en mi cabeza. Tal vez fuera eso lo que me hizo seguir adelante pese a los momentos de desánimo.

Empecé a devorar libros, artículos, imágenes, cualquier cosa que estuviera relacionada con la batalla de Verdún. Intenté verla desde un punto de vista cercano, el de los soldados que lucharon en ella, personas normales que, de pronto, se ven enfrentadas a una situación excepcional y reaccionan de formas diversas ante ella.

Poco a poco, los personajes comenzaron a cobrar vida propia. Su historia, sus pensamientos y acciones se salían del camino marcado de antemano. Nunca hubiera imaginado que algo así fuera a suceder. Ya no eran un producto, apenas unas líneas garabateadas en un papel, sino que tenían su propia personalidad, su moral, su visión del mundo y actuaban con respecto a sus propios valores. Una vez puestos en marcha, ellos caminaban solos.

Sin embargo, la misma obsesión que me empujaba a seguir, la que me animaba a investigar acerca de aquella batalla, de los equipos, de la vida de los soldados en el frente, también me iba sumergiendo lentamente en el agobio y la claustrofobia de la guerra en las trincheras en un terreno muy reducido en el que miles de hombres morían y no podían ser enterrados. A veces, escribir algunas de las páginas no era apasionante ni placentero, era agotador. A oscuras, iluminado sólo por la pálida luz del ordenador, me transportaba al lugar donde se desarrollaba la historia. Al final del día, muchas veces resultaba difícil desconectar. Sucesos de la vida diaria aparecían como banales al compararlos con lo que les sucedió a muchos soldados como los de la historia, a los que yo ya conocía como si hubiera compartido toda clase de momentos con ellos.

Otras veces, la situación era a la inversa. Tras momentos de alegría, volver a sumergirse en la narración de una historia dramática exigía un esfuerzo que, en muchas ocasiones, parecía inútil. Fueron varias las veces en las que la idea de dejar la novela me rondaron la cabeza. Pero, de una forma u otra, algo me empujaba una y otra vez a volver a escribir, a seguir avanzando en el relato, pese a los sinsabores, el esfuerzo y el tiempo que requiere el proceso creativo.

Cerca de dos años después de comenzar el proyecto, sólo restaban algunos detalles para dar por concluida la obra, pero una espina seguía clavada en mi corazón. Tanto tiempo pensando en aquel lugar, en las aldeas arrasadas y las trincheras que arañaban el suelo, me obligaban a poner allí los pies. Tenía que ir al campo de batalla para dar por terminada una obsesión que ya empezaba a durar demasiado tiempo.

No podré nunca olvidar el silencio. Un silencio sepulcral, solemne, que rodea el campo de batalla, respetuoso, como si quisiera dar a los muertos la paz que no tuvieron en vida. Y el osario del cementerio de Douaumont, donde se apilan los restos óseos de miles de soldados de ambos bandos. Recuerdo que caía una lluvia fina del cielo gris oscuro y la torre del osario se alzaba erguida, inmensa, seria, una presencia imponente que exigía respeto para los que descansaban en su seno.

Allí, entre los restos de lo que un día fue Fleury, las trincheras abandonadas y disimuladas por el tiempo, los abrigos de hormigón que se habían venido abajo, comprendí realmente la magnitud de lo que había sucedido en un espacio tan pequeño como lo fue el campo de batalla de Verdún. Allí, en el mismo lugar en el que sucedieron los hechos de la novela, Niebla en la trinchera, en esa tierra en la que muchos soldados, hombres de todo tipo y condición, se enfrentaron a una situación que marcaría a fuego el lugar y que quedaría grabada para siempre en la Historia. Allí concluyó la obsesión, que quedó enterrada en la sufrida tierra de Verdún. La obra, ahora sí, estaba terminada y todo acababa en un silencio sobrecogedor, pero a la vez íntimo y, sobre todo, respetuoso con la memoria y el descanso de todos los que perdieron la vida en aquella batalla y todavía hoy, 98 años después, siguen reposando en el mismo lugar en el que cayeron. Quiera ser esta obra un humilde homenaje a todos ellos.

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