Así nace “El fotógrafo de paisajes”

El fotografo de paisajes ok

Todas mis novelas han surgido por la necesidad imperiosa de contestarme una pregunta. Aunque suelo terminarlas con más dudas aún, no es menos cierto que después del punto y final desaparece la ansiedad que me torturaba. “El fotógrafo de paisajes” germinó del mismo modo: ¿quién no se ha cuestionado alguna vez qué ocurriría si tuviésemos conocimiento pleno de cada pensamiento o emoción de las personas que nos rodean, más allá de las palabras? En un primer amago de contestar esta interrogante ya se abrió ante mí un mundo pleno de posibilidades sorprendentes. Cuanto más pensaba en dar forma a la historia, para dibujar un primer boceto, más se multiplicaban las opciones: argumento, trama y subtramas, personajes, época, escenarios… Me perdía entre tamaña expectativa, debía concretar para dar forma a mi novela.

Como suele ocurrirme, en primer lugar un personaje, casi una sombra, comenzó a pasear por mi masa gris. Mi protagonista se llamaría Gonzalo. Era hombre, sin motivo aparente; atractivo, no de facciones perfectas ni dotado de un físico excepcional, sino alguien que podría decirse bien parecido y elegante con un don extraordinario y secreto que de alguna manera condicionaba sus gestos, movimientos, mirada…, con un poder seductor propio de lo enigmático.  Ahora necesitaba construirle un primer escenario, una familia, todo un pasado que explicara al lector por qué merecía la pena seguirle la pista; tenía que justificar esa parte de su historia que me había tocado en suerte contarle. Resultó difícil no abandonar. Hacer creíble en una novela realista que el protagonista poseía una habilidad extraordinaria requería mucha destreza imaginativa. Meterme en sus zapatos fue por momentos un ejercicio mental complicado.  Un personaje ha de plantarse ante el leyente vivo, si el autor desconfía de su creación, mucho más lo hará el lector. Pero algo de su personalidad debía tener la suficiente fuerza, porque bastaron unas páginas para que Gonzalo tomara las riendas de su historia, hiciera de mí una lacaya a su servicio y comenzara a contestarme todas esas preguntas que motivaron este proyecto.

Lo curioso de esta novela no es solo el argumento y las peculiares situaciones a las que da lugar, sino el hecho de que por primera vez, después del punto y final, muchas de mis dudas se hayan desvanecido. Los personajes de mis novelas anteriores nunca consiguieron despejar las cuestiones que los originaron, aunque sí me aportaron algo no menos importante: por un lado me ayudaron a ordenar mi alma y serenarla, y por otro, a sentirme menos sola en este mar de dudas que es la existencia, porque cada vez que un lector me cuenta que se conmovió con una de mis historias… Como decía, no es este el caso, a medida que avanzaba en la historia, la respuesta a mi pregunta se mostraba más clara y contundente: definitivamente, el don de la telepatía en el orden de cosas que conocemos solo serviría para condenarnos a la soledad. Saber qué siente y piensa el otro nos robaría la posibilidad de idealizarlo, de creerlo perfecto y enamorarnos. Pero esta es mi conclusión, y, naturalmente, el lector deberá extraer la suya propia.

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